3 de junio del 2022.

Biblioteca de la Casa Estatal del Estado de Rhode Island (Capitolio)

Providence, Rhode Island, Estados Unidos.

Palabras Centrales,

Ponencia sobre el rol de los dominicanos en el exterior y la Puesta en Circulación de Libro “Diáspora y Desarrollo Volumen 2” en Rhode Island, EE. UU.

State House, Providence, Rhode Island

 

Buenas Noches

Vicegobernadora del Estado de Rhode Island, Sabina Matos, primera dominicana en la historia de los Estados Unidos, en alcanzar un cargo de esta índole, a nivel en el Estados Unidos sobre un Estado de la Región conocida como Nueva Inglaterra.

Senadora Estatal del Estado de Rhode Island, Ana Quezada. Primera Dominicana en asumir ese cargo Estatal.

Representante Estatal del Estado de Rhode Island, Grace Diaz. Primera Dominicana en la historia de los EE. UU. en ser electa a un cargo estatal. Miembro/Fundadora Dominican Independence and Heritage Award Committee of Rhode Island

Concejal para la Ciudad de Central Falls, Franklin Solano. 

Presidente Isidro de León, toda la directiva y membresía del D&IHACRI, por la gestión y motivación a favor de regresar a Providence.

Aprovechamos para saludar por igual, sin pasar por alto, al pasado Senador Estatal Juan Pichardo. Primer dominicano en esa posición y miembro fundador de DI&HACRI.

Miembros de DI&HACRI, aquí presentes.

Señor Hugo Adames, Nuestro Monseñor de la Comunicación.

Distinguidos miembros de la comunidad.   

Amigos todos.

 

Hace poco más de dos años me trasladé desde la siempre caliente ciudad del sol, a la cada vez más cálida comunidad de Rhode Island, con el interés de encontrarles y encontrarme. Era la culminación de un trayecto intelectual y emocional, que daba paso al nacimiento de la definición de un pensamiento progresista sobre quienes somos en realidad y hacia donde nos dirigimos.

Llegué aquí, conociendo a una sola persona. El Arquitecto Pedro Pablo de la Rosa. Gracias a su generosa invitación y asistencia, logreé superar las puertas que sellan los muros de esta formidable edificación. Ya en el inmueble, subí las escalinatas que conducen al esférico mezanine de tres alturas. Antesala que permite que su cúpula quede suspendida como protagonista y anfitrión. Para los expertos descendientes de Brunelleschi, el domo que nos cobija es considerado el cuarto más grande del mundo.

Pisé el último escalón y giré hacia los aromas de este salón de angostos tablones. Un espacio donde hombres de pensamientos altos y pragmatismos cortos, almacenaban su intelecto. Entré para encontrarme entre vitrinas de gruesos libros, bóvedas de recuerdos que solo existen en las ranuras de sus juntas y casi dos docenas de dispuestos receptores. Era un público pequeño, pero exigente de atención.

Luego del acostumbrado saludo, inicié la velada cediendo homenaje al espacio, pues mi formación me lo permite.Una que más allá de guardar los intereses públicos del Estado que completara las trece colonias originales que formaron esta nación, es una que recoge las armonías de lo posible. Realmente impresionante.”

Su arquitectura de finales del siglo 19 se refugia en el neoclasicismo, convirtiéndola en un hito regional de Nueva Inglaterra, que lo registra como pieza arquitectónica e histórica de y para la nación. Su composición revestida en mármol y estructurada sobre los pilares de los ciudadanos que hoy componen la antigua Colonia de Rhode Island.

Reitero que tienen ustedes aquí, una joya social, gubernamental y, sobre todo, arquitectónica. Una que bien los representa. Un albergue que aloja los asuntos del pueblo de los isleños de roda, quienes se han caracterizado por poseer firmes valores de compasión y una gran determinación de ideales de inclusión y libre expresión.

Algo así fijé con parábolas, aquella noche.

Hoy, a poco más de dos años, estamos de regreso aquí, para fijarle la evolución de lo que fue un pensamiento en proceso, el cual les presenté en aquel entonces y que hoy posee mayor sentido gracias a mi primera visita a Rhode Island y las otras quince ciudades más donde encontré dominicanos de aquí y de allá, hambrientos de propósito. Así como este edificio y la comunidad que le da sentido han evolucionado juntas, la persona que soy hoy y la diáspora dominicana que somos hoy, parten de una similar evolución.

Los dominicanos que vinieron en los años 50 no son los de los 80. Como tampoco los dominicanos que llegaron a inicio de siglo son como los que han estado llegando en la última década. Sin embargo, ya aquí, en cierto modo hemos evolucionado de la misma forma. Los que llegaron antes y los que llegaron recientemente. Sin perder la dominicanidad, pero adquiriendo los mejores valores de América. Sin dejar de pensar en el país de origen, pero ya sin miedo de echar raíces aquí. No obstante, y a pesar de todo esto, seguimos sin tener una voz propia ni saber quién realmente somos en nuestro país de origen o hacia dónde nos dirigimos como comunidad en Estados Unidos. Como pueblo inmigrante, como dominicano y como estadounidense, ¿quiénes somos en República Dominicana, su realidad y su porvenir? Y, ¿hacia dónde nos estamos dirigiendo aquí? Esas son las grandes preguntas. No hay otras.

¿Por qué estoy aquí esta noche?

He sido invitado aquí esta noche, para desglosar detalles sobre el contenido de dos volúmenes compuestos por más de cien piezas escritas a través del lente del dominicano en el exterior. Partituras cuyo propósito fundamental es servir de cimiento para la fabricación de nuestro discurso de dominicanos físicamente desvinculados de su nación de origen, pero atados en mente y espíritu. Los volúmenes de Diáspora y Desarrollo, catalogado por varios periodistas, historiadores y sociólogos como pioneros en su género, deben servir para definir nuestra visión y discurso como colectivo. Independientes de pensamiento y acción. Que no permite ser caja de resonancia de las ideas, percepciones o bocinas de la isla o los aspirantes a ser sus dirigentes. Y, sobre todo, portadores de los mejores valores de América y República Dominicana. El trabajo arduo, el peso de la palabra, el compromiso, la entrega, la seriedad, la familia, la fe y la compasión.

Nosotros, los de fuera, los supuestos ausentes, los miembros de la diáspora dominicana que vive en los Estados Unidos, estamos expuestos a docenas de culturas y un puñado de experiencias diarias, muy diferentes a las que se viven en nuestra nación de origen. Y aunque ante los ojos de Dios y la gran mayoría de los residentes en la isla, somos iguales, también somos diferentes. Jamás pudiéramos ni debiéramos proponer las cosas como ellos la ven ni como ellos la entienden, pues nuestra óptica es un tanto más compleja y no se deja nublar de los determinantes tabúes que los nacionales han guardado durante eras.

En fin, los documentos que les expongo hoy guardan como intención, el que te faciliten los elementos necesarios para adquirir una voz y a manera de reflexión te preguntes, ¿quiénes somos realmente? ¿A qué fue que vinimos? Y finalmente, ¿cuál es el propósito para con nuestra dominicanidad en Estados Unidos y nuestro rol en República Dominicana?

Se que bien pudiera limitarme a extractos de los libros por los cuales se me ha invitado a presentar esta noche aquí, y todos salir conformes. Pero confinarme a ellos, sería robarles la posibilidad de que adquieran una nueva visión sobre nuestro designio en el porvenir de la nación con la que nos identificamos y una más consumada definición de quienes somos.

Para contestar esa primera pregunta, debes aceptar, ante todo, que no eres lo que crees, sino como te perciben. El guardar costumbres culturales, como el timbre de voz, modismos al hablar, el paladar, ser alegre y responder a rítmicos arpegios, no confirman lo que sientes ser, si ya no vives o no naciste en el lugar con que te identificas. En breve. Ante los ojos de los decisores de la isla, somos dos millones de individuos que emitieron a la economía 10,000 millones de dólares, el año pasado. Ambas, cifras incorrectas, para nuestros intereses. Y aunque no pienso convertir esa explicación en una sincera a las investigaciones demográficas, les aseguro que además de ser incorrectas, también son falaces. Los números no guardan significado si no corresponden con la realidad de su naturaleza. El monto. El total.

El primero de los dígitos, para los fines de derechos constitucionales y representativos, es falso y moroso. Cuanto quisiera yo, que la cifra de dos millones ciento y tantos mil, fuera cierta, pero no lo es. La cifra solo sirve como adulante para fortalecer el vínculo económico que asegura la inyección de capital vía la remesa. En realidad, no somos dos millones de dominicanos. Somos unos 900,000 dominicanos residiendo en Estados Unidos, pero en total, somos una comunidad de dos millones de personas que se autodefinen como dominicanos o se identifican con su cultura. Y aunque pareciera lo mismo, en realidad, para los intereses de Estados Unidos sí, pero para los de República Dominicana, no. Esa cifra de dos millones en vez de resultar dinámica y determinante en nuestra nación de origen, en realidad no lo es. Es un instrumento que proyecta fortaleza, pero otorga debilidad. Una que paradójicamente asegura restringir la participación política, económica y, sobre todo, la influencia democrática.

A pesar de los artículos constitucionales que dictan que todos somos dominicanos, eso no es así. No para los nacidos fuera de la masa de tierra definida por arenas y arrecifes entre el Mar Caribe y el Océano Atlántico, el territorio de la República Dominicana. Pueden sentirse, pero para los más importantes y potenciales destinos de la Patria, no son. Hago esa salvedad de manera tosca y grosera, para impresionarles y a la vez iluminar ese aspecto de participación política, económica y, sobre todo, la influencia democrática que creemos poseer. Solo seremos dos millones o más, cuando ese poco más de un millón que se identifica como dominicano, logre su ciudadanía dominicana. En ese momento, podremos exigir representación acorde con esa cifra. Pero para ello, se necesitaría lograr dos cosas.

La primera es que, todo ser nacido en el extranjero, aquí mismo en Estados Unidos, a partir de mañana, que provenga de una madre o padre dominicano pueda recibir su ciudadanía dominicana en 24 horas (Los padres tendrían todo listo. Pues tienen nueve meses para tener sus documentos en orden). Y lo segundo es que, para lograr asegurar la doble-nacionalidad de ese millón de dominicanos nacidos aquí, tenemos que procesar, juramentar y cedular a 16,600 personas cada mes, por los próximos cinco años. Si forzamos a que eso se implemente, en poco tiempo sí que seremos la población de dos millones que dicen somos. Porque por si no lo han valorado, nuestra representación congresual de cinco Diputados de Ultramar para las dos circunscripciones en Estados Unidos simula la representación de la provincia La Altagracia, la cual solo tiene una población de 314,916. Las diputaciones son basadas en población no en territorio. Por lo tanto, a los más de 900,000 que nacimos en la isla y vivimos en Estados Unidos nos corresponderían 11 diputaciones.

Ahora, ¿Por qué es importante todo esto? Por dos motivos. La primera es porque la diáspora dominicana y todo su patrimonio se encuentra entre la segunda y tercera generación, justo cuando las comunidades en el exterior están más dispuestas y son más efectivas en favor del desarrollo de su nación de origen. Y segundo, porque paradójicamente, es en ese periodo cuando los descendientes de emigrantes son más vulnerables a perder el vínculo, si no existen canales de inclusión o la motivación para adquirir la naturalización de su nación de origen. Si los hijos de una cuarta generación nacen sin el vínculo, ese valioso patrimonio en favor de República Dominicana se perderá para siempre. Y no habrá forma de rescatarlo.

Sabemos y así bien lo expresó para todo aquel nacido fuera del territorio tricolor, nuestro beisbolista Dellin Betances, en el Clásico Mundial de Beisbol del 2017, cuando fue cuestionado sobre el por qué jugaba para República Dominicana, si él había nacido en Estados Unidos. Su respuesta fue tan clásica como el torneo. Los dominicanos nacemos donde nos dé la maldita gana”. Ese es un sentir universal entre todos nosotros. Incluso yo lo resumo de esta forma. Mi dominicanidad no está sujeta a los arrecifes que la definen geográficamente como territorio. Eso creo que es algo en lo que todos estamos de acuerdo. Y de corazón, quiero creer que así será por siempre. Pero eso es poseer un sentir, con muy limitadas posibilidades de incidencia o compromiso.

Por el momento, la mejor forma de mantener ese enlace vivo es a través de la documentación oficial que fija los nacidos fuera del territorio nacional, es con la doble ciudadanía. En lo que ayudamos a que los gobiernos y las autoridades legisladoras dominicanas creen y mantengan los canales de inclusión y participación, es vital que agilicemos los procesos de naturalización de todo aquel nacido aquí, asegurándole su ciudadanía dominicana al nacer. Y complementariamente, avanzar la documentación de todo que aún no la posee. De no facilitar e impulsar esa pieza legal de ciudadanía, nos sucederá tal como a los descendientes de Irlanda que viven en Massachusetts y los sucesores de Italia que viven en New York. Dicen ser de esas tierras, pero no guardan vínculo ni incidencia sobre ella. Solo guardan las costumbres culturales, como el timbre de voz, los modismos al hablar, el paladar y responder a los rítmicos arpegios que conocen como suyos. Ya se perdieron las posibles influencias democráticas y el patrimonio intelectual o económico que a inicios del siglo 20 aun estas diásporas transferían. Perdieron las comunidades de aquí y de allá. Y perdieron los países de origen.

Ya viviendo aquí, no hay forma de perder el linaje estadounidense, con cada generación ese se afianza con tan solo la cotidianidad del sistema. Pero cada día que pasa, si no establecemos estas certificadas conexiones oficiales, más allá de las psíquicas y emocionales, estamos encaminados a perder la dominicanidad que las nuevas generaciones podrían tener.

Vayamos a la riqueza con lo cual se nos define.

Aquella que se cita en titulares y que importa poco como cifra definitoria de la diáspora. Las remesas. Cuando los escucho describirnos, aprovecho para que dicten algo más allá de cuantos somos y cuanto enviamos. De ahí no pasan porque no saben más ni tan poco les interesa saberlo. “Cuanto son y cuanto mandan” son las cifras con las que nos definen. En los titulares y en las emisiones públicas. No saben decir más de ahí. Porque no saben más de ahí. Dos millones cien mil, lo cual ya sabemos que, para nuestro interés con nuestra República Dominicana, no es cierto. Y 10,000 millones de dólares, es lo que creen que somos. Y, sin embargo, ese último monto no responde ni al 5% de nuestro potencial económico y otras riquezas.

En discursos que marcan el momento y que puedan trascender hasta el porvenir, siempre evito las cifras porque además de ser cambiantes, estas borran el componente humano y eliminan la posibilidad de que sean relevante más allá de hoy. Y cuando me refiero a nuestro potencial, utilizo el término “patrimonio”. Esa referencia engloba toda nuestra riqueza. La económica, que solo el año pasado representó casi diez veces el monto que emitimos en remesas. Cerca de unos 100,000 millones de dólares en ingresos por salarios. Agréguele a ello, nuestras reservas personales en los bancos de Estados Unidos, los cuales se avecinan a más de 5,000 millones de dólares.

Pero veamos más allá del efectivo. Los negocios y las propiedades residenciales o comerciales que poseemos, las cuales a su vez guardan capital en forma de valor o “equity”, es una riqueza de la cual no se habla. O, por ejemplo, nuestra capacidad crediticia personal o empresarial. Imagínese que nosotros pudiéramos transferir ese score crediticio o “equity” en favor de proyectos personales o para el país.

Observen las riquezas culturales que tenemos en frente. Desde figuras públicas en los órdenes de las artes, el entretenimiento, la comunicación y el deporte. Todas riquezas y todas nuestras, de la diáspora.

Pero las más determinantes son las que hemos adquirido en las aulas de los centros de estudio y en los pasillos donde se deciden los futuros empresariales, corporativos y políticos, de las comunidades donde vivimos. Los dotes intelectuales, de investigación y conocimiento creativo, científico, técnico y profesional, complementado por una ola de presencia corporativa y técnica en altos rangos de las más importantes empresas de Estados Unidos o la misma fructífera participación política y representativa de la última década, muestra un capital humano del que tampoco se habla a pesar de ser un componente de riqueza transferible.

Entonces, cuando nos valoren como lo han hecho hasta ahora, corríjanlos y explíquenle que lo que enviamos diariamente no es reflejo de nuestra riqueza o capacidad económica, sino una proyección de nuestra compasión hacia los nuestros. Los caudales del patrimonio de la diáspora son incalculables, y estarán a la disposición de la Patria cuando los canales de inclusión se definan de manera clara y respetuosa de nuestro rol en el futuro del país. En lo social, en lo económico y en lo político. Justo ahora, cuando tenemos todo el interés de pasar de una filantropía caritativa a una filantropía de inversión.

Así como aclarar la comunidad que somos, es igual de importante entender, ¿a qué fue que vinimos?

Para responder esa pregunta, tienes que mirar hacia atrás. No hacia las décadas anteriores a ver cuando comenzamos a llegar a Estados Unidos como pueblo, sino a entender la historia de la emigración como herramienta de desarrollo político y social, más que económico.

Partamos por un momento de la realidad actual y salgamos en búsqueda de nuestro primer nacional. Juan Pablo Duarte, padre de la República Dominicana. Quien falleciera en lo que pudiéramos llamar la primera diáspora dominicana. En el exilio. En Caracas, Venezuela, donde vivió hasta fallecer el 15 de julio de 1876, a los 63 años. Lejos de la Patria querida, ignorado y poco reconocido en su misión precursora de una nacionalidad que no existiría sin su decisión, determinación y desempeño. Incluso, muere sin saber que un día se le otorgara el título de patriarca. Solo. En la diáspora de uno. De unos pocos más. Valoremos eso por un momento.

Desde ese entonces hemos estado emigrando. Creando comunidades de pocos. Diásporas irrisorias como hoy aun la estamos creando en ciudades como San Diego, California; Rochester, Minnesota y en Jacksonville, Florida. Todas iniciadas con diásporas de uno.

Pero pasemos a un poco más de medio siglo después de la muerte de nuestro Duarte, para encontrarnos con el Partido Revolucionario Dominicano y su fundación, cerca de La Habana, Cuba, apenas iniciando el 1939. En la diáspora que allí se congregaba para enfrentar y eliminar las barbaries del tirano. Al año de haber iniciado esa lucha, se define otro espacio desde donde organizar, informar y exponer. Aquí en Estados Unidos. La primera seccional en la ciudad que albergaba la importante diáspora progresista, New York. Esa desata la necesidad de definir otros combatientes polos más. Y rápidamente se crean seccionales en México, Puerto Rico, Venezuela y aunque ha quedado perdido en el tiempo, también en Curazao y Aruba. Imagínense eso. En la diáspora. Forjando la democracia que necesitaba la nación. En compromiso. En cofradía. En complicidad. Valoremos eso por un momento.

Además de aquellos que tenían esperando décadas a ser pedidos por los familiares de esas primeras generaciones, hubo en ese largo trecho de lo que parecían aires democráticos, más exiliados de carácter político. Auto-expatriados por desencanto, durante los doce años, en el inicio de los 90 y otros más a inicio de siglo. La mayoría huyéndole a malas administraciones y a la falta de seguridad, democracia y oportunidades de crecimiento profesional o personal. Esos exiliados, sin reconocerlo, también guardaban un valor superior al interés personal.

Esos periodos son fáciles de señalar e incluso aparearlo con el concepto del gran éxodo de talento y pensamiento de República Dominicana. Y bien pudiéramos decir que los infinitos espacios participativos de los Estados Unidos y las perennes oportunidades de emprendimiento y accesibilidad a una mejoría económica de impacto generacional es y ha sido el único de los motivos por el cual siempre hemos emigrado o por lo que lo hacemos ahora. Esa es la explicación que siempre hemos admitido. Incluso es la que aceptamos a primera vista. Que la razón por lo cual partimos como pueblo, lo es para alcanzar un bienestar económico personal, familiar y hasta generacional.

Cierto que vinimos con sueños de crecimiento y buenaventura capaz de aniquilar la pobreza intelectual y económica en una sola generación. Siempre hemos visto a los que han partido de República Dominicana como aquellos que quieren escapar su realidad diaria. Pero lo cierto es, que hemos estado partiendo del país desde siempre. Desde sus inicios. Y aunque la motivación inicial para muchos es la económica, el tiempo nos ha mostrado que era para mucho más que eso. Un propósito alineado con el corazón es el que nos confirma que indirectamente, y sin darnos cuenta, todos hemos salido para hacer de Quisqueya un mejor pueblo y una mejor nación. A eso fue que vinimos. A engrandecer su democracia, sus libertades, su desarrollo y su posibilidad.

Finalmente, ¿cuál es el propósito para con nuestra dominicanidad en Estados Unidos y nuestro rol en República Dominicana?

A veces las sencilles del sentido común, son las más difíciles de procesar. Y esa pregunta que interpela sobre el propósito para con nuestra dominicanidad en Estados Unidos, tiene una respuesta tan simple, que todo el que la recibe, tarda años en encontrarla. Simple. La revelación es muy simple. Somos mejores dominicanos, cuando somos mejores americanos.

Los valores que siempre han definido la dominicanidad van de la mano o de forma paralela o guardan equivalencia con los conocidos como los bríos estadounidenses. El vivir en comunidad, el velar por el prójimo, la entrega a la familia, el orgullo de un trabajo bien desempeñado, el peso de la palabra, el amor a la patria, el respeto a la ley y la compasión, como anteriormente ya había citado. Todos, pilares de la dominicanidad y los Estados Unidos.

Ese momento de claridad te llega cuando por tu mente cruza, el querer aportar más allá de tu familia de sangre, para ofrecerte a tu familia de nacionalidad. Ahí es que alcanzas madurez filantrópica. Justo cuando interpretas que tu fortuna no es tu dinero, sino que las riquezas atadas a tus relaciones e intelecto. A tu capacidad de diligencia y de conexión. A la disposición de tu tiempo. A aceptar que las cosas no se hacen porque te estimulan, sino porque son necesarias.  Que la causa es superior a tus intenciones iniciales. Entonces te llega. Que ese es tu propósito para con la dominicanidad en Estados Unidos.

¿Pero y tu rol en República Dominicana, cuál es?

Decirles que en mis palabras logren encontrarse es limitar esta velada a una vaga lección y a la arrogancia de un invitado que tiene un micrófono de frente. Lo valioso de esta noche es que, ustedes puedan salir pensando en una nueva forma de cómo nos vemos, más allá de cómo nos ven. Entender que sin nosotros la Patria no puede alcanzar su máximo potencial. Eso es fundamental, para asimilar lo que hemos hablado hoy y lo que mis libros dictan.

Cierto que Diáspora y Desarrollo va más allá de ser la colección de opiniones de Rodolfo R. Pou. En el contenido se registra una ambiciosa óptica, fortalecida por el interés de cederle a los inmigrantes dominicanos y porque no, a los latinoamericanos residentes en los Estados Unidos, un discurso acorde con el enriquecedor roce cultural al que han sido expuestos.

En cada Capítulo plasmo ideas innovadoras, vistas a través del lente de un dominicano en el exterior, pero con un sentido regional, que va de lo social a lo económico, de las relaciones exteriores a la política interior; de las instituciones a sus titulares, como de culturas ajenas a otras compartidas.

Los considero importantes, si queremos cambiar la forma en la que hablamos. Como nos proyectamos y como nos visualizan.

Compatriotas. A veces compartimos en las burbujas de grupos de chats, plataformas sociales, la peluquería de Purita o la bodega de Miguel y creemos tener en nuestras manos, el termómetro de lo que sucede en el país, de manera política, social, cultural y económica. Incluso hasta llegar a conclusiones agitadas, creyendo que guardamos algún tipo de influencia o relevancia. Y puede que esa idea hasta cierto modo guarde razón y yo esté completamente equivocado. Ahora bien, sea eso cierto o no, lo que si les aseguro es que, allá no hay grupos de chats pendientes a nosotros. Ni compartiendo ni manifestando ni visualizando nuestra inclusión. Eso ténganlo claro.

Es hora de que asumamos la responsabilidad que nos corresponde para con la Patria. Y casi que les estoy diciendo que puede que tengamos que hacerlo a solas. Que nuestra insistencia tiene que pasar de pedir permiso a pedir perdón. Que no es mendigando ni suplicando. Es asumiendo nuestro rol.

Que se nos asuma como lo que somos y no como lo que les conviene que seamos. Sabiendo que la diáspora dominicana en los Estados Unidos es una reserva de recursos humanos, de real inversión, de capacitación, de propuestas y sobre todo llena de Patriotas. Entes del patrimonio nacional, mucho más allá de la remesa.

Lo digo, consciente de que somos culpables de permitir que las remesas y uno que otro episodio nos defina. Nosotros somos mucho más que eso. Pero hemos permitido esa sola valoración. Y lo digo responsablemente. Porque si con algo debieran compararnos es con ser un Nuevo Cibao. Capaz de determinar unas elecciones y la economía del país. Capaz de definir el crecimiento laboral y la seguridad nacional. Un Nuevo Cibao, en que toda boleta presidencial que surja debe verse postulado y representado en ella. Con votos directos y primarias reales. Con diputados que responden a nosotros y un ejecutivo que acepta que somos la segunda provincia más grande de la dominicanidad.

Dominicanos aquí presentes, seamos los actores de ese capítulo, de este episodio, de esta nueva era. Comencemos a mostrar la mejor cara. Y con ellas, nuestros mejores dotes. Forzando la creación de los espacios de inclusión política y abandonando, ante todo, esas cajas de resonancia que han limitado nuestro crecimiento como diáspora en esta gran Nación.

Tan importante son estos aspectos, que les advierto que, si esos ajustes de inclusión que tanto queremos y exigimos no se logran ahora, nuestra nación madre perderá todas nuestras riquezas y nuestras comunidades locales perderán toda su identidad. Es cuestión de tiempo. Los ejemplos están ahí.

Visualicémonos como la mayor fuente de inversión hacia República Dominicana. vía las factibles propuestas de Bonos de la Diásporas y Fondos Fiduciarios capaces de capitalizar cualquier proyecto de infraestructura, salud o educación, sin que el país tenga que salir a buscar prestado. Visualicémonos como el depósito intelectual, capaz de generar nuevas patentes, invenciones, registros de marcas que fortalecerán el patrimonio intelectual de la nación. Visualicémonos como la mayor fuente de posible transmisión de conocimiento y experiencia, para fortalecer nuestras instituciones y eliminar la corrupción. Visualicémonos por encima de cualquier agencia de cooperación internacional o bancos de préstamos. No hay necesidad de BID, Fondo Monetario, Banco Mundial u otra organización, si la diáspora se ve empoderada.

Hermanos y hermanas, he sido invitado aquí esta noche, para desglosar detalles sobre el contenido de dos volúmenes compuestos por más de cien piezas escritas a través del lente del dominicano en el exterior. Pero sé que no es por eso por lo que ustedes están aquí.

Ustedes no vinieron aquí para escucharme recitarles estadísticas, cifras y números que resaltan nuestra presencia y supuesta fortaleza sociopolítica y por qué no, hasta económica. Ustedes vinieron aquí buscando alimento para el alma, nutrientes para el cerebro y motivos para levantar la mano y comenzar a trabajar a favor de la nación que nos define. No porque carecen de inspiración sino porque tienen hambre.

Hay hambre en la diáspora dominicana. Y porque no, hasta hambruna. Hambre de identidad y hambre de espíritu. Hambre de cultura y hambre de lo participativo. Hambre de reconocimiento y hambre de agradecimiento.

Hambre que podemos neutralizar con firmes valores e ideales de inclusión, justicia y entrega. Con la evidente tolerancia y promoción, como las que se impulsan desde esta porción de Nueva Inglaterra. Justo en este momento en la historia de nuestra nación, donde aparentemente acabamos de iniciar un nuevo capítulo.

Porque nosotros, los de fuera, los supuestos ausentes, los miembros de la diáspora dominicana que vivimos en los Estados Unidos, necesitamos una voz dentro de cada uno de nosotros, que nos dicte quiénes somos realmente, a qué fue que vinimos y cuál es el propósito para con nuestra dominicanidad en Estados Unidos.

Pero hagámoslo como constructores. Como se ha hecho con este Capitolio y su cúpula que nos cobija esta noche. Evolucionemos y definámonos juntos. Los de aquí y los de allá. Como un solo pueblo. Como una sola nación. Diferentes pero iguales. Exigiendo con derecho nuestro lugar y nuestro rol. Con respeto, con astucia, con responsabilidad y con altura. Porque la dominicanidad no está limitada a los arrecifes que la definen geográficamente.

Y porque, la Nación que todos soñamos, aún existe.

Buenas Noches.

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