La brisa cortaba el Bulevar que divide la ciudad del agua, mientras esperaba por mi conversación. Tenía tiempo sin escuchar los míos. Pero ya era hora de regresar a ellos. Sus historias siempre me han nutrido, dado fe y sabiduría. Pero más que ello, me han cedido la potestad necesaria para hablar y accionar en su nombre.

Llegué temprano al lugar de encuentro, aunque todo esto que he estado haciendo en los últimos años, pareciera haberme llegado un tanto tarde. Debí comenzarlo antes. Pero qué más da, sí sé que mi tiempo no es el tiempo de otros, aunque si el mío para ellos.

Me senté en el café que acordamos. Un coqueto lugar que quería ser de aquí, sin poderlo. Quería ser mío sin serlo. Inmigrantes títulos y ofertas en su menú y un exótico servicio en sus atenciones. Lo acepto. Es novedoso. Los timbres de voces diferentes al mío, inundan el aire. Pero eso ya lo esperaba. Nada de aquí es de aquí. Todo vino de otro lugar. De otro tiempo. Pues los hijos de América, no nacieron en ella. Llegaron de otras partes.

Algunos vinimos, a otros nos trajeron, pero aquellos a quien el destino obligó a desprenderse de todo lo que conocía, para llegar hasta estas tierras y ser parte de su tejido e historia, ¿esos?, esos son los indispensables.

Esperé por la llegada de Nalby, a pesar de que no estaba tarde. Una dominicana que como joven, nunca soñó con venir, ni mucho menos tuvo intención de ello. Hay una generación de los que estamos aquí, que somos producto de la eventualidad de nuestras familias, naciones de origen y por qué no, hasta de la agenda de América.

Alguien entra por la puerta. “Hola Rodolfo”, dice ella. “Hola Nalby”, digo yo. La mujer de jovial energía y agradable vibra, se muestra dispuesta a conversar. Se quita la mascarilla, nos saludamos y luego nos abrazamos con la mirada, como si tuviéramos experiencias compartidas. La mesera no tarda en acercarse, y nos recomienda chocolate caliente, ya que afuera comenzaba a llover. Superamos el arisco inicial, citando a la persona que nos había conectado, pues en verdad no nos conocemos. Fuimos referidos el uno al otro, por Ángela, quien es amiga mutua. Nos acomodamos, absorbemos los colores y la escala del lugar, y por un instante, soy yo el que se encuentra contando mi historia. Ambos serios aún. Pero con calidez en el ambiente, nos reímos con vergüenza e iniciamos.

Aunque nació en el barrio capitaleño de Cristo Rey, se considera hija del Abanico de Herrera. Lugar donde se mudaran cuando apenas eran niños, ella, sus tres hermanas y un varón. Cualquier otra persona excluiría el dato de Cristo Rey. De haber nacido por la Ovando o la 40, parecería no sumarle a la historia, pero ese gesto sería el acto inicial que la delataría. La importancia de la procedencia. De saber de dónde vienes. Parece tenerlo siempre presente.

Llegaron al huérfano sector del Abanico, como pioneros y exploradores, a una de tan solo tres casas, que compartían la explanada que con los años sería absorbido por el barrio. Ella y sus hermanos, crecerían con el sector, y el sector alrededor de ellos.

Su papá, era de Moca y sus camiones. Perfil de hombre de trabajo, en una época donde portar uniforme o licencia, era profesión y respeto. Su mamá, de Mao y su casa. Entregada a más trabajos que hijos, y menos planes que las ruedas del camión de su marido. Ambos padres queridos y ambos queridos padres. Entregados a sus hijos. De gran integración familiar. De esa que sólo arroja buenos recuerdos y cuyas celebraciones todas parecían aguinaldos, aún sin estar en época de pascua. Así recuerda su niñez. Una llena de felicidad. Con sus hermanos. Con familiares. En la escuela.

Nalby Isabel Rodríguez Hernández, siempre fue buena estudiante y además le gustaba la escuela. Esa curiosidad aún traspasa el cristal de sus lentes cuando le conversas. Se ve esa energía de niña inquieta pero obediente. De chivirica pero inocente.

Nalby se remueve los lentes y la voz se encoje. Y comienza a responder mi pregunta de ¿cómo llegaron a Estados Unidos? Conozco entonces que no bien llegaba a una decena de años, cuando la penúltima en edad, del clan de cinco hijos que eran, ve a su mamá partir a Nueva York en busca de nuevos horizontes y oportunidades. Su madre, aquella que terminará en ser la edecán de su familia, simula la historia de todo aquel que además de ser visionario, también guardó el coraje necesario para venir a lo incierto. Su Mamá, parece haber tenido más sueños que las ruedas del camión de su marido.

Pero como las cosas nunca son fáciles para el primero de los inmigrantes, como tampoco para las casas pobres que abandonan, la desdicha tenía los ojos puestos sobre la felicidad de ese núcleo. Nalby y sus hermanos, con “Mami” en los Estados Unidos, se encuentran con la realidad de que lo que fueron años felices, están a punto de terminar. En un instante serían huérfanos antes de ser adultos. Su padre fallece de un infarto inesperado, a pocos meses de su madre haber partido para Nueva York.

Me cuenta, “Mami regresó para el entierro.” Me cuenta sin decirme, que su madre estaba abrumada. Que no podían pedirle que se sacrificara más. Ya se había sometido al mayor de los sacrificios, el de dejar a sus hijos. Ahora tenía que decidir si dejarlos solos. La Mamá que Nalby considera la persona de mayor sabiduría, fijó su vida alrededor del porvenir incierto y evitó el pasado querido, que aun su corazón guardaba. “Y así como vino, tuvo que irse.

Quedamos solos. Criándonos entre nosotros”, me dice. Su hermana mayor, la de 18, tendría que crecer antes de tiempo. Todos tuvieron que madurar antes de lo esperado. “Aunque tío Román nos daba la vuelta, e incluso vino a vivir un tiempo con nosotros cinco, además de asumir la figura paterna que habíamos perdido, en fin, durante cinco años, estuvimos solos.” Lloraban juntos. Se cuidaban juntos. Realmente una escena difícil. Y es que cuando se es pobre, y más cuando no sabes que lo eres, no puedes pedirle al porvenir que se ajuste a tu realidad, tienes tú que ajustarte a ella.

La escuela se vio afectada, la desorientación asumió su mandato y los niños huérfanos de Papá y Mami ausente, en busca de porvenir, los críos que antes sonreían hoy eran esclavos del tiempo, que en soledad e incertidumbre a veces pasa lento y a veces no pasa.

Me cuenta Nalby, que esos veranos sin su Mamá en casa, fueron eternos. Y un día, como el que no espera sol en la mañana, tres de los hermanos se verían camino a New York. Los permisos de viaje finalmente habían llegado.

Su Mami, con trabajos en factoría y de ‘housekeeper’, guardaba el orgullo del sueño americano en una mano, y el destino de sus hijos en la otra. Lo importante ya no eran los planes que le habían traído. Lo importante ahora, era traer a sus muchachos.

Asentados en la gran manzana, cada uno asume su sueño como mejor pueden. Pero la niña despierta y aplicada en la escuela, comienza a tener dificultad con el idioma y el estigma que existe para con aquellos que no lo hablan. Ser adolescente, tampoco facilitaba las cosas. Aun sin su Papi, la isla le era más segura que este nuevo mundo en el que vivía. Cada vez más, los deseos de Nalby de regresar al Abanico de Herrera, superaban las promesas de las luces de Time Square y los sacrificios de su eterna confidente mamá.

Pero un cambio de escenario, le otorga la oportunidad de revaloración que ella necesitaba. Para aquellos que estudiaron en escuelas públicas en las décadas de los 70s y 80s, recordarán lo difícil que era lograr cambiar de escuela. Nalby lograría pasar de ese espacio tétrico y desestimulante de Washington Heights, a uno de menor valoración en el Bronx, pero uno donde encontraría la motivación que requería la joven inmigrante. “Y allí”, me dice, “I started to feel the love”. Es increíble lo que una sonrisa tierna, y un reforzamiento verbal hace para un adolescente. Me reitera. “I felt the love.”

Aun sin saber bien el inglés, se sorprende de cómo pasaba de materias y de curso, lo que le permitiría años más tarde, a pesar de aun sentirse insegura, con mucho esfuerzo y suerte, ser aceptada en un College de Nueva York.

Pero las lagunas, las inseguridades y las fallas, aún seguían en ella. La corriente parecía estar en contra de su navegación. La brisa parecía soplar para atrasarla. Y lamentablemente esa experiencia educativa dura poco. Nalby se encuentra desorientada. Y de ser estudiante superior, pasa a ser empleada de una tintorería. Una especie de desahogo intelectual y alivio del torniquete en el que la nación de las oportunidades, le había puesto. Liberada, y aunque en el fondo, se topa con la paz que necesita para reencontrarse. Y es allí, donde logra practicar y desenvolverse en inglés. Con su carisma natural y disposición inquieta, se gana el cariño de sus supervisores y de la clientela. Y de ellos, sin esperarlo, comienza a recibir el estímulo y la motivación para que vuelva al aula.

Con el tiempo, comienza a creerlo. Lo medita. Lo planifica. Y finalmente se lo propone. Y es así como entonces, la niña chispa del Abanico de Herrera, enfrenta su porvenir de la única forma que sabe. Con una paradoja. ¿Que pudiera hacer una persona que no se siente a plenitud en un idioma ajeno al suyo? -Respuesta: Enfrentando la situación de la forma más peculiar posible. En aquel momento, toma el consejo de los clientes, somete aplicación y supera las pruebas requeridas para entrar a Monroe College, reiniciando así, su carrera superior nueva vez. Pero ahora especializándose en un tercer idioma. COBOL. –(un lenguaje de programación en informática compilado e diseñado para uso comercial y de negocios)

La computadora se convertiría en su sueño y dominarla, su pasión. Entre los teclados y las pantallas ámbar, “I felt I fit in”. Ahora sus noches les pertenecían a las aulas de ese centro educativo, y durante el día, a las mesas del restaurant de la Torre Rockefeller Center, donde servía de mesera a los grandes ejecutivos de NBC-Universal que descendían al piso bajo a desayunar y almorzar. En aquel seudo sótano, también conocería al amor de su vida. Y lo supo desde que lo vio. Un graduado de Penn State, que a pesar de ya haberse liberado de noches de libros, transitaba por este lugar, en lo que la oportunidad de empleo para lo que estudió, se presentara.

Durante años siguió allí, sirviendo mesas. Apoyando inicialmente a su novio, para luego este retornarle el cariño, apoyándola ahora como su marido, a graduarse. Para entonces ya tendría 30. Una edad que muchos guardan para especialidad, maestrías y doctorados. No obstante, para ella, la edad no era el factor. La superación y el campo abierto lo era todo. Nalby ya había encontrado su voz. Y lo había hecho, no solo en su idioma original o en aquel otro que la vida en América le obligó. Ella encontró su voz en un tercer lenguaje. Uno propio de un grupo pequeño de gente brillante.

Tengo estas conversaciones, porque quiero que otros como ella, puedan visualizarse en su historia. Una de sacrificio, de oportunidad, de valores y de empeño. Nalby ha logrado los sueños de su Papá y aquellos de su Mamá también. Ha tenido una carrera exitosa. Y una familia compuesta de tres críos, un perfecto esposo y una familia ampliada de seres que la quieren y la admiran.

Nalby no tardó mucho en alcanzar a ser relevante en su carrera. Durante años trabajó para Lockhead Martin, el principal proveedor de servicio y productos para el gobierno de los Estados Unidos. Y aunque siempre se preguntó sobre ¿cómo eran esos espacios de los pisos superiores de Rockefeller Center? ¿Y que había que hacer para trabajar allí? Para sorpresa de ella o no, la vida le daría esa respuesta, el día que ya como ejecutiva, pasaría por ese primer piso donde fue mesera, para abordar el área de seguridad, y con tarjeta de acceso en mano, abrir las puertas que conducirían a los pisos de arriba. “I made it!” -Nalby había llegado.

Hoy día, Nalby Intharaksa es Directora de Tecnología de NBC-Universal/Telemundo. Casada con un profesional consumado. El mismo de origen tailandés que le ayudaba a servir mesas en aquel lugar. Ese que ve a través de sus ojos y cuya familia le ama como una hija. Los jóvenes que una vez encontraron su porvenir en el piso bajo de un rascacielos, guardan criaturas que se identifican como Dominico-Tailandés-Americanos.

Concluyendo la conversación me cede este pensamiento. “Me llevaste a un recuerdo que había olvidado”, me dice. Era tan desolado aquel sector del Abanico de Herrera, que a lo muy lejos “Papi nos tocaba la bocina, para hacernos saber que estaba llegando”. No le digo nada. Solo sonrío. Pues me identifico con ese recuerdo. No porque lo haya vivido personalmente, sino porque recuerdo a mis amiguitos de La Agustina, también escuchar a sus Papis tocarle la bocina a lo lejos. Y al llegar, ellos recibirlo contentos, brincando y cantando a coro… “Papi, papi, papi…”

Ya no queda chocolate en nuestras tazas. Y también ha dejado de llover. Hay un sentir de que nunca fuimos ariscos el uno con el otro, y que en verdad nos conocíamos de antes. Nos miramos y me confiere a manera de cierre, que cada vez que visita la isla, pasa por Herrera. Y yo lo interpreto de que lo hace para recordarse que el abanico de la vida, siempre roció frescor de nuevas brisas, a Nalby. Vientos como esos que cortan el Bulevar y el agua que quedan frente a la torre donde hoy vive.

Me dice… “Tío Román me llamó ayer, desde el colmado del barrio, con una cerveza en la mano y abrazado de Fermín, el dueño del negocio. Le decía… “Fermín mira a Nalby. Se ha da’o grande. ¡Mírala, Fermín! Felicidades, mi hija. ¡Feliz cumpleaños!” Dice que eso le llena el espíritu.

Cuando le pregunto si piensa volver a la isla algún día, me responde que sí. Que incluso en cinco años se ve viajando más y conociendo aún más el mundo. Y entiendo su mensaje. Ella lleva el país adentro. Nunca se le ha ido. Y ella tampoco ha partido de él. La miro y le aseguro sin decírselo… La nación que sueñas, aún existe.